MATERIA OCEANICA. CELESTE OLALQUIAGA

Materia Oceánica.

Según nos enseñaron, el agua puede presentarse en tres estados fundamentales: sólido, líquido y gaseoso. Ya sea en forma fluida como ríos y océanos, cristalizada como icebergs y nieve, suspendida en las nubes o cayendo como lluvia, el agua es un elemento versátil cuya polivalencia (función de la temperatura) la convierte en un vehículo perfecto para el transporte y la transmutación. Sin embargo, el agua también puede materializarse en un organismo vivo en el que la frontera entre líquido y sólido es difusa e indefinible, creando una consistencia viscosa, escurridiza, que resulta tan fascinante a la visión como repugnante al tacto. Esa criatura, conocida popularmente en inglés como “pez gelatinoso” o jellyfish, se ha convertido en uno de los habitantes más inquietantes del océano, una masa pasiva, pero expansiva, cuyo creciente volumen hace de su etérea belleza una fuerza monstruosa difícil de combatir.

Con un nombre tomado de un personaje mitológico femenino que también se mueve entre distintos estados y elementos, las medusas son los representantes marinos de esta figura, una paradoja flotante cuyo despliegue tentacular recorre océanos, culturas y épocas reproduciendo una y otra vez el misterio de sus orígenes. Porque las medusas o aguavivas comienzan su vida como seres híbridos que pasan alternativamente de un estadio de pólipo fijo a otro medusoide flotante, en un ciclo peculiar que hasta bien entrado el siglo xix hizo difícil su conocimiento científico. En cuanto a la Medusa del mito, su origen no puede ser más contradictorio. En un principio emblema prehelénico de protección de la fertilidad, el gorgoneion fue transformado por la cultura griega en un arma mortífera, una cabeza decapitada cuya mirada terrible y cabellera compuesta de serpientes dejaba instantáneamente paralizados a los hombres.

El destino de ambas cabezas flotantes —Medusa y las medusas— se entrelaza en ese inicio imaginario. Perseo sobrevuela el Mediterráneo con el signo de su triunfo en la mano y deposita el sangriento trofeo sobre una roca cubierta de algas. Las algas se petrifican al instante y se convierten en el coral conocido como gorgonia roja. El coral, que es una formación colectiva de pólipos, pertenece a la misma familia de criaturas urticantes y contráctiles que las medusas (conocidas en la Antigüedad como “ortigas marinas”) y las anémonas. Clasificadas primeramente por ese carácter urticante y más tarde por su cavidad central hueca (“cnidarios” y “celentéreos” respectivamente), las medusas han sido portadoras del peso cultural de su homónima, capaces a un tiempo de atraer y de repeler a quien las contempla. No sorprende que se las haya comparado con los genitales femeninos (los pescadores italianos las llaman potta marina o “coño marino”), tal vez por el modo en que la entrada a la cavidad de estas criaturas está rodeada de tentáculos que forman una boca capilar. El sexo es desde luego un aspecto fundamental de las medusas: son los primeros organismos unicelulares en reproducirse sexualmente, método que puede ir combinado con una segmentación asexual (conocida como estrobilación, mediante la cual un pólipo segrega varias series de “cabezas”) e incluso hay medusas hermafroditas, capaces de fertilizarse a sí mismas.

Al carecer de órganos diferenciados, sus funciones básicas, por ejemplo la digestión, se desarrollan en las capas de tejidos, lo que hace que las medusas sean totalmente superficie, sin nada de profundidad: todo en ellas está a la vista, con una transparencia que enmascara su complejidad. Se las tiene por solitarias aunque viajan siempre en grupos, y son a la vez frágiles y resistentes. Figuran entre los pobladores más antiguos del océano, aunque a menudo su vida acaba en la costa como masas palpitantes que los curiosos tientan con un palo, fascinados por el extraño espectáculo de esa materia aparentemente inanimada y de su oculta animalidad. Sin embargo cuando se hallan en su elemento las medusas son temidas por sus dardos urticantes, los nematocistos, que emplean para capturar presas y ahuyentar a los enemigos; su veneno es a veces tan potente que puede llegar a matar en pocos minutos a un ser humano o dejarle una quemadura dolorosísima durante meses. A diferencia de las anémonas, cuyo aspecto florido invita a los incautos a acariciarlas, la transparencia de las medusas funciona como una señal de aviso, como si su falta de consistencia, su metafórica coagulación del océano, contuviese en cierto modo todos los misterios y peligros del continente líquido.

Las medusas resultan difíciles de mantener como tales en cautividad. Sensibles a la luz y a la temperatura, flotan en aquellas regiones que les ofrecen un adecuado equilibrio de ambas y sólo muy costosamente pueden conservarse en acuarios. Para ellas estos lugares son un territorio extraño que las priva del suave balanceo del océano, donde se mueven mediante ligeras contracciones y expansiones (lo que hizo que autores antiguos las denominasen erróneamente pulmo marino, es decir, pulmón marino) o dejándose llevar por las corrientes. A pesar de su aparente pasividad las medusas son seres recios y tenaces que se resisten a la captura y la clasificación. Su consistencia acuosa las hace especialmente difíciles de estudiar por la ciencia moderna, puesto que se degradan pronto cuando se las saca de su elemento. En el mar, en cambio, refulgen. A veces estas criaturas paradójicas son luminosas y generan una emanación fluorescente que llena el agua de auras fugaces y es utilizada por la medicina actual para revelar ciertos conductos corporales de difícil localización.

La ausencia en ellas de límites claros y precisos hace de las medusas seres absolutamente contemporáneos, organismos cuya transparencia y fluidez se asemeja a la inmensa trama tecnológica que rápidamente ha ido cubriendo el planeta. Múltiple en su variedad y sin embargo singular y aislada en sus puntos de entrada, esta máquina medusea es tan versátil y atractiva como las etéreas aguavivas gelatinosas. Igual que ellas, puede dejar paralizados a sus usuarios, que no aciertan a decir quién o qué les ha asaltado y por qué les es tan difícil apartarse de su encanto fatal. Las pantallas digitales son ventanas al mundo acuoso de nuestro inconsciente: en ellas cohabitan imágenes y palabras como si fueran habitantes de un acuario tridimensional, que unas veces se entrecruzan veloces y otras flotan despreocupadamente, casi siempre dando vueltas en círculo en una interminable repetición de los días precedentes. En esta materia líquida es donde se guardan y repiten nuestras experiencias, donde permanecen como recuerdos y esporádicamente se encienden como ideas que poco a poco cobran forma o se desvanecen. Es decir, igual que esas criaturas marinas cuyos contornos son tan imprecisos que no queda claro dónde termina el animal y dónde comienza el océano.

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